Por Jorge Meneses. Director General del CESPAM
Hace tiempo que el relato hegemónico de nuestras sociedades celebra la juventud, descartando, escondiendo u olvidando aquello que ya no “produce”, sin embargo es preciso problematizar los proyectos políticos que sostienen dicha mirada etaria, ya que el desarrollo demográfico a nivel mundial viene marcando un dato clave: nuestras sociedades envejecen vertiginosamente.
La Ciudad Autónoma de Buenos Aires es el distrito con el mayor índice de envejecimiento de nuestro país y, si las proyecciones se cumplen, en 2040 casi 3 de cada 10 habitantes serán adultos mayores. No se trata de un indicador más. Este dato sensible de nuestra realidad se enmarca dentro de un contexto mundial donde la expectativa de vida en nuestras sociedades avanza pero no necesariamente dicho crecimiento se desarrolla armónicamente.
Un informe realizado por la Cruz Roja Argentina del año 2024 reveló que 3 de cada 10 adultos mayores se sienten solos y olvidados. El Índice de Bienestar de Personas Mayores arrojó datos preocupantes: 4,9 sobre 10 poseen déficits marcados en afecto y recreación. Más grave aún: más del 65 % no accede adecuadamente a servicios de salud mental. Si bien el informe analiza este fenómeno con alcance nacional, es importante tener en cuenta que la CABA es el distrito donde la proporción de adultos mayores es superior al promedio nacional, por ende el impacto potencial es aún mayor.
Según el informe del IDECBA acerca del envejecimiento de la población en la CABA y tomando datos de la Encuesta Anual de Hogares (EAH) 2024 alrededor del 40 % de las personas mayores vive sola. Y aunque vivir solo no implica necesariamente sentirse solo, la falta de redes comunitarias, de políticas activas y de espacios de encuentro convierte esa condición en un riesgo creciente.
¿Por qué hablar de soledad?
Resulta inevitable analizar y debatir acerca de la soledad, pero más aún lo es entender cómo se transita dicha problemática; ya que envejecer solo en el actual contexto deja de ser una circunstancia individual de cada ciudadano, para convertirse en una responsabilidad colectiva que desde las políticas públicas debemos atender y muchas veces preferimos no mirar.
Proponemos entonces, debatir e insistir en tres elementos centrales que deben desarrollar las políticas públicas para empezar el necesario cambio de dirección que deben tener las políticas de cuidado a la hora de abordar la soledad no deseada de las vejeces en nuestra ciudad.
Un primer elemento consiste en relevar, con información actual y precisa, los niveles de soledad que atraviesa nuestra población; centralmente nos referimos a los adultos mayores. Es imperioso contar con información oficial que analice periódicamente los comportamientos sociales y partir de ahí podremos atender, multidisciplinariamente, este flagelo silencioso.
El segundo elemento es comprender que el problema no es solo demográfico. Es también económico y social. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos muestran que la pobreza ronda el 30 % en la Ciudad. Muchas personas mayores dependen exclusivamente de jubilaciones mínimas, lo que limita su acceso a actividades culturales, transporte o espacios recreativos. La soledad, entonces, no es solo emocional: es también material.
Un tercer y desafiante elemento comprende establecer estrategias urgentes que entiendan la importancia (y complicaciones) con las que la vejeces se enfrentan a la hora de transitar por la ciudad. Entendemos que envejecer no debería equivaler a desaparecer del espacio público. Por ello urge pensar una estrategia integral que articule salud, comunidad, cultura y territorio; si logramos pensar una ciudad accesible para nuestros mayores, será accesible para todos.
Es preciso prestar atención a este tipo de problemáticas, analizarlas y comprender que es imperioso que cobren protagonismo en la agenda pública inmediatamente. Porque una ciudad que se enorgullece de su vitalidad cultural no puede permitirse que una parte creciente de su población envejezca sola; sino correremos el riesgo de convertir nuestra ciudad en un lugar donde se vive más años, pero no necesariamente mejor.
Porque en una sociedad obsesionada con la juventud, envejecer solo no es un accidente: es el resultado de una prioridad. Una estrategia respecto a la soledad no deseada es también una política de profundización de derechos de ciudadanía y democracia. La democracia será más sólida y madura en la medida en que los miembros de la comunidad se encuentren más empoderados. No podemos seguir administrando paliativos mientras miles de personas atraviesan sus últimos años en silencio.
Solo así podremos revertir que la soledad no deseada no se transforme en un fracaso colectivo.